Pongamos un ejemplo: Imaginemos a dos mujeres que caminan juntas por la calle. Una de ella parece más joven de lo que es, tiene unos labios sensuales y una piel luminosa. Se empiezan a apreciar algunas arrugas de expresión en su cara pero en general tiene un aspecto muy saludable, sin grandes surcos ni ojeras que denoten signos de cansancio o vejez. A su lado va otra mujer, tiene los labios hinchados, son antinaturales y le confieren cara de pato. Tiene los pómulos muy voluminosos, diríamos una muñeca pepona. Su piel esta muy tersa, demasiado, sin arrugas, su cara apenas tiene expresividad.

La mayoría de la gente se daría cuenta que la segunda es una “víctima de la medicina estética”,  un ejemplo más de la mala fama de este tipo de procedimientos. Pero, y qué decimos de la primera, ¿no puede ser que ella sea una mujer correctamente tratada y que justamente el trabajo bien realizado haga que pensemos que ella simplemente es así?. La segunda sería señalada en la calle y por los medios si fuese famosa. Ella además posiblemente contribuirá gritando a los cuatro vientos los tratamientos que le han hecho. La primera no, los desconocidos simplemente verán una mujer guapa y saludable. Los conocidos pensarán que hay que ver lo bien que se conserva, y los familiares y amigos si apreciarán que ha habido un cambio, y aunque la ven mejor no sabrán exactamente el porqué.  Y ¿acaso crees que ella te lo iba a contar?  Seguramente no, solo a su círculo más cercano. Con el sobre el resto es posible que disimule o conteste con evasivas del tipo me he cambiado el pelo o el sol me sienta muy bien.

En los últimos años hemos podido constatar como la percepción general de la gente acerca de las bondades de la medicina estética ha ido claramente empeorando. Es habitual que en el imaginario colectivo se asocien malos resultados como si éstos supusiesen la norma general, generalizándose lo poco frecuente a la categoría de norma.

Un  factor importante tiene relación con los medios de comunicación y lo que acaba convirtiéndose en “saber popular”. Los malos resultados en famosas son bombardeados  en televisión, internet y prensa escrita. La gente acaba relacionando un tipo de tratamiento con una determinada cara. En la calle pasa lo mismo, en cuanto vemos una mujer con una cara antinatural o desfigurada surgen de inmediato los comentarios del tipo: “se ha pasado con el botox” o “a saber que le infiltrado a esa”. Si la paciente no está contenta con su médico lo dirá a los cuatro vientos, mostrará al mundo su descontento y contribuirá con razón al desprestigio del sector.

Lo cierto es que diariamente se realizan  un número elevadísimo de tratamientos de medicina estética,  muchos de ellos en centros acreditados con médicos cualificados. La satisfacción de los resultados es en general muy elevada, no hay más que ver el elevado porcentaje de pacientes que repiten tratamientos. La inmensa mayoría de los pacientes tienen buenos resultados, y cuando es así tratan de ser discretos.

La cuestión es que la medicina estética bien hecha logra cambios que deben ser sutiles, naturales y progresivos. No podemos esperar de ella lo mismo que de la cirugía, que sí puede conseguir cambios más radicales. Un buen tratamiento de medicina estética es aquel que las personas que no conocen a las pacientes no llegan a descubrir; unos labios carnosos pero naturales, una cara sin flacidez pero sin aspecto de rellenada, una piel sin arrugas pero con expresión. Lógicamente las personas más allegadas si que notarán el cambio pero no podrán señalizar los estigmas de  los tratamientos excesivos. En cuanto la gente no profesional se percata de que alguien ha sido tratado, el resultado no es óptimo. Si te pillan es que no es suficientemente natural y creíble, el objetivo no se ha cumplido.

Como recomendación: Ponte en las mejores manos, busca los profesionales más cualificados que utilicen los mejores productos. Todo un mundo se abrirá ante ti, lejos de la imagen que tienes de la medicina estética.

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